Sentir el mar había sido siempre su anhelo. Fantaseaba con fundirse en sus
aguas y transformarse en la ingrata espuma que se desvanecía con el ritmo de
las olas. Extraño deseo para una niña de su edad. Su pequeño cuerpo aprisionaba
un espíritu vivaz pero de naturaleza melancólica. Melancolía, ese complicado
sentimiento al que casi se había acostumbrado y que otorgaba a su mirada y a
sus gestos cierto atisbo de madurez inusual.
El mar. Sentía su llamado martillando sus tímpanos, calando su piel,
estrujando su corazón, sus entrañas, aglomerando las fibras de su ser y apartándolas
de nuevo. El mar demandaba su esencia y la niña era consciente de ello. Nunca
opuso resistencia a ese deseo compartido: el mar la deseaba y ella al mar.
En medio del escenario nocturno se encaminó hacia la majestuosidad del
océano guiada por el canto de una sirena. Esa criatura la aguardaba en la
orilla con los brazos extendidos en una clara invitación, mientras sin mover
los labios entonaba una canción inentendible y coreaba su nombre a la vez. Un
sentimiento muy próximo a la felicidad embargó el pequeño cuerpo de la niña,
que se entregó sin miramientos a esa extática experiencia que había añorado durante
todo ese tiempo carente de razón. La sirena la tomó en sus brazos y la sumergió
en la suntuosidad de las aguas oscuras del astuto mar y la taumaturgia del
momento se impuso inevitablemente sobre la lógica. Sentir el mar no era más una
quimera. La niña, otrora una alienada soñadora, ahora era simplemente eso: una
niña. Una niña que zozobraba con delfines, serpenteaba entre pececillos de
colores, pendía pequeñas estrellas de mar de sus orejas y se regocijaba en la
vulnerabilidad de corales y pequeñas criaturas que no la rehuían. La melancolía
la había abandonado y ahora era simplemente una niña.
La sirena ondeaba a su alrededor a lo largo de su travesía. Cáustica, vigilante,
insinuante. Siempre guiándola con disimulo. Sin premura, casi disfrutando de su
inercia.
La niña vislumbró un destello de luz que se destacaba entre las aguas
taciturnas. Con cierta palinodia abandonó sus juegos pueriles para dirigirse
hacia la llamativa luz acompañada de la presencia inminente de la sirena.
Vio su propia figura reflejada en el espejo que se abría paso entre el agua
con un fulgor corpuscular. Estático, condescendiente, devolvía toda imagen que
en él se asentaba. Devolvía incluso la expresión de la niña que, entre
maravillada y curiosa, se aproximaba sin vacilación hacia él hasta situarse a
una distancia íntima de su imagen.
Un prodigio así merecía su completa atención. Sin llegar a sorprenderse la
niña extendió su brazo lo suficiente para deformar un pequeño fragmento de su
reflejo al contacto directo con su dedo índice. Observó cómo se dispersaban las
ondas de agua en esa zona del espejo que había rozado. Observó cómo esas ondas
se perturbaban hasta el punto de no solo deformar su imagen, sino de dilatarse
maliciosamente cubriendo toda su extensión. Fue entonces cuando la niña
descubrió la verdadera naturaleza del misterioso espejo de agua.
La sirena la observaba con complacencia desde un extremo de la puerta que conduciría
a la niña al lugar al que tácitamente pertenecía. Se dispuso a esperar.
La niña atravesó el portal del espejo y supo de inmediato lo que
encontraría del otro lado. Su mirada y sus gestos recobraron su inusual madurez
característica mientras observaba el paisaje deshecho que la rodeaba.
Naturaleza muerta y una obstinada aridez predominaban en ese lugar. Los quejidos de
aquellos miserables se entretejían en una insoportable discordancia. Frente a
cada uno de ellos se situaba un amplio círculo oscuro que se asemejaba al que
la niña tenía ahora a su espalda y que hace poco había traspasado abnegadamente.
Nada de eso logró captar su atención, pues su mirada se había plantado fijamente en ella desde que fue casi escupida hasta allí por el portal. Ella era una versión avejentada de sí misma, era como si se estuviese mirando a sí misma. Su belleza raída era difícil de distinguir entre tanta inanidad. El tiempo no existía en ese lugar así como no existía lugar en el que su paso se sintiera más profundamente. El paradójico correr del tiempo dejaba huellas de burla en cada elemento, el hermoso rosal de esperanza que surgía y se fortalecía ante la proximidad de la niña era prueba de ello.
Nada de eso logró captar su atención, pues su mirada se había plantado fijamente en ella desde que fue casi escupida hasta allí por el portal. Ella era una versión avejentada de sí misma, era como si se estuviese mirando a sí misma. Su belleza raída era difícil de distinguir entre tanta inanidad. El tiempo no existía en ese lugar así como no existía lugar en el que su paso se sintiera más profundamente. El paradójico correr del tiempo dejaba huellas de burla en cada elemento, el hermoso rosal de esperanza que surgía y se fortalecía ante la proximidad de la niña era prueba de ello.
Ella había deseado ese encuentro casi tanto como la niña había deseado
fundirse con el mar. Ella era uno de esos quejumbrosos miserables que yacían en
medio de su propia aridez emitiendo lastimeros ecos de disconformidad con sus
vidas, con sus elecciones, consigo mismos. Ya no existía en el mundo, pero aún
deseaba verla. Solo una vez más. Deseaba verse a sí misma siendo feliz. Salvar
y ser salvada. Lo deseaba todo sin hacer nada.
La niña tenía la mirada fija en los ojos de aquel rostro infamemente
conocido mientras escuchaba los lamentos de la miserable. Tomó su mano para transmitirle
una reconfortante esperanza falsa mientras le sonreía con tristeza y escuchaba
su incesante plañidez. Sabía cómo terminaría ese encuentro, lo había sabido
incluso antes de llegar ahí.
Cuando sus manos se unieron pensó que aun sin la menor entereza podría
conseguir todo lo que anhelaba. Salvar y ser salvada. El alivio comenzaba a
tener intención de anidar en ella, pero no la entereza. Observó el rosal; por
un momento el dulce aroma de las flores se agolpó en sus fosas nasales inertes
y el deseo no hizo más que acrecentarse; al igual que la decepción cuando esas
pequeñas manos que apretujaban la suya con ternura dejaban de asirla con una
suavidad agonizante.
Sus deseos eran compartidos al igual que su impavidez. Con su inusual
madurez característica la niña había consentido lo que ella no había tenido la
firmeza de hacerlo. Había aceptado la sanción por su injusta naturaleza
melancólica y ahora se alejaba de la miserable, sin apartar la mirada de su
rostro, sonriéndole tristemente y abandonándola a ella y al hermoso rosal en su
estado doliente original.
Su pequeño cuerpo se disipaba nuevamente en el espejo de agua,
desapareciendo momentáneamente de ese lugar. Ineludiblemente, de alguna forma volvería a estar allí.
La sirena la esperaba paciente al otro lado del espejo. Su misión no
estaría consumada hasta devolver a la niña al absurdo mundo al que correspondía.
