LA LADRONA DE SUEÑOS

LA LADRONA DE SUEÑOS

domingo, 2 de noviembre de 2014

La niña y la sirena

Sentir el mar había sido siempre su anhelo. Fantaseaba con fundirse en sus aguas y transformarse en la ingrata espuma que se desvanecía con el ritmo de las olas. Extraño deseo para una niña de su edad. Su pequeño cuerpo aprisionaba un espíritu vivaz pero de naturaleza melancólica. Melancolía, ese complicado sentimiento al que casi se había acostumbrado y que otorgaba a su mirada y a sus gestos cierto atisbo de madurez inusual.

El mar. Sentía su llamado martillando sus tímpanos, calando su piel, estrujando su corazón, sus entrañas, aglomerando las fibras de su ser y apartándolas de nuevo. El mar demandaba su esencia y la niña era consciente de ello. Nunca opuso resistencia a ese deseo compartido: el mar la deseaba y ella al mar. 
En medio del escenario nocturno se encaminó hacia la majestuosidad del océano guiada por el canto de una sirena. Esa criatura la aguardaba en la orilla con los brazos extendidos en una clara invitación, mientras sin mover los labios entonaba una canción inentendible y coreaba su nombre a la vez. Un sentimiento muy próximo a la felicidad embargó el pequeño cuerpo de la niña, que se entregó sin miramientos a esa extática experiencia que había añorado durante todo ese tiempo carente de razón. La sirena la tomó en sus brazos y la sumergió en la suntuosidad de las aguas oscuras del astuto mar y la taumaturgia del momento se impuso inevitablemente sobre la lógica. Sentir el mar no era más una quimera. La niña, otrora una alienada soñadora, ahora era simplemente eso: una niña. Una niña que zozobraba con delfines, serpenteaba entre pececillos de colores, pendía pequeñas estrellas de mar de sus orejas y se regocijaba en la vulnerabilidad de corales y pequeñas criaturas que no la rehuían. La melancolía la había abandonado y ahora era simplemente una niña.
La sirena ondeaba a su alrededor a lo largo de su travesía. Cáustica, vigilante, insinuante. Siempre guiándola con disimulo. Sin premura, casi disfrutando de su inercia. 

La niña vislumbró un destello de luz que se destacaba entre las aguas taciturnas. Con cierta palinodia abandonó sus juegos pueriles para dirigirse hacia la llamativa luz acompañada de la presencia inminente de la  sirena.
Vio su propia figura reflejada en el espejo que se abría paso entre el agua con un fulgor corpuscular. Estático, condescendiente, devolvía toda imagen que en él se asentaba. Devolvía incluso la expresión de la niña que, entre maravillada y curiosa, se aproximaba sin vacilación hacia él hasta situarse a una distancia íntima de su imagen.
Un prodigio así merecía su completa atención. Sin llegar a sorprenderse la niña extendió su brazo lo suficiente para deformar un pequeño fragmento de su reflejo al contacto directo con su dedo índice. Observó cómo se dispersaban las ondas de agua en esa zona del espejo que había rozado. Observó cómo esas ondas se perturbaban hasta el punto de no solo deformar su imagen, sino de dilatarse maliciosamente cubriendo toda su extensión. Fue entonces cuando la niña descubrió la verdadera naturaleza del misterioso espejo de agua.

La sirena la observaba con complacencia desde un extremo de la puerta que conduciría a la niña al lugar al que tácitamente pertenecía. Se dispuso a esperar.

La niña atravesó el portal del espejo y supo de inmediato lo que encontraría del otro lado. Su mirada y sus gestos recobraron su inusual madurez característica mientras observaba el paisaje deshecho que la rodeaba. Naturaleza muerta y una obstinada aridez predominaban en ese lugar. Los quejidos de aquellos miserables se entretejían en una insoportable discordancia. Frente a cada uno de ellos se situaba un amplio círculo oscuro que se asemejaba al que la niña tenía ahora a su espalda y que hace poco había traspasado abnegadamente. 
Nada de eso logró captar su atención, pues su mirada se había plantado fijamente en ella desde que fue casi escupida hasta allí por el portal. Ella era una versión avejentada de sí misma, era como si se estuviese mirando a sí misma. Su belleza raída era difícil de distinguir entre tanta inanidad. El tiempo no existía en ese lugar así como no existía lugar en el que su paso se sintiera más profundamente. El paradójico correr del tiempo dejaba huellas de burla en cada elemento, el hermoso rosal de esperanza que surgía y se fortalecía ante la proximidad de la niña era prueba de ello.

Ella había deseado ese encuentro casi tanto como la niña había deseado fundirse con el mar. Ella era uno de esos quejumbrosos miserables que yacían en medio de su propia aridez emitiendo lastimeros ecos de disconformidad con sus vidas, con sus elecciones, consigo mismos. Ya no existía en el mundo, pero aún deseaba verla. Solo una vez más. Deseaba verse a sí misma siendo feliz. Salvar y ser salvada. Lo deseaba todo sin hacer nada.

La niña tenía la mirada fija en los ojos de aquel rostro infamemente conocido mientras escuchaba los lamentos de la miserable. Tomó su mano para transmitirle una reconfortante esperanza falsa mientras le sonreía con tristeza y escuchaba su incesante plañidez. Sabía cómo terminaría ese encuentro, lo había sabido incluso antes de llegar ahí. 

Cuando sus manos se unieron pensó que aun sin la menor entereza podría conseguir todo lo que anhelaba. Salvar y ser salvada. El alivio comenzaba a tener intención de anidar en ella, pero no la entereza. Observó el rosal; por un momento el dulce aroma de las flores se agolpó en sus fosas nasales inertes y el deseo no hizo más que acrecentarse; al igual que la decepción cuando esas pequeñas manos que apretujaban la suya con ternura dejaban de asirla con una suavidad agonizante.
Sus deseos eran compartidos al igual que su impavidez. Con su inusual madurez característica la niña había consentido lo que ella no había tenido la firmeza de hacerlo. Había aceptado la sanción por su injusta naturaleza melancólica y ahora se alejaba de la miserable, sin apartar la mirada de su rostro, sonriéndole tristemente y abandonándola a ella y al hermoso rosal en su estado doliente original.

Su pequeño cuerpo se disipaba nuevamente en el espejo de agua, desapareciendo momentáneamente de ese lugar. Ineludiblemente, de alguna forma volvería a estar allí.
La sirena la esperaba paciente al otro lado del espejo. Su misión no estaría consumada hasta devolver a la niña al absurdo mundo al que correspondía.





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