El viaje comienza en las vespertinas aguas de la inmensidad.
Excepcionales matices rojizos y naranjas poco a poco se transforman en
fantasmas azules y púrpuras que inundan a este ser que se refresca en
pequeños portentos. Esta alma errante se envuelve deliciosamente en la
cortina de la noche iluminada por la luna y las estrellas: su destello
tintineante la acaricia y la protege en un cálido cobijo, un refugio real.
El
etéreo ser trasciende las amplias perspectivas de la imaginación; se
eleva, se sorprende, se alegra y juguetea. Se mece en la luna y las
estrellas lo arrullan. Abandona este mundo y se sumerge en otro.
Criaturas distantes lo acompañan a soñar, animales enrarecidos travesean
con él, seres alados lo transportan aquí y allá. Experimenta el hermoso
arte de la felicidad; olvida todo conocimiento, toda ciencia, toda
filosofía y se hunde en la pureza del mundo que ahora habita, se
regocija en ese raudal de paz.
Instrumentos desconocidos entonan
una dulce melodía que lo plaga de principio a fin. La escucha
fervientemente: le abriga, le da paz, lo invita a soñar dentro de su
propio sueño, lo envuelve en un irresistible hechizo. El ser se sumerge
en ese sonido, se funde en él y se fortalece.
Lúgubremente, esa
dulce melodía se transforma en una mezcla disonante. La calidez que
emanaba de ella se convierte en una soledad más fría que la misma
muerte. El ser se exaspera e intenta escapar, se agita violentamente y
trata de extinguir el horrible sonido que lo ensordece. La desesperación
lo posee neciamente: no hay escape, la cruel cacofonía nace de
su interior...
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